Marchar es una invitación a recorrer la tierra no como observadores, sino como oyentes y co-aprendices. Nuestro andar es relacional: una forma de estar con los demás, es un acto de resistencia apacible.
Al andar, experimentamos el suelo no solo como materia orgánica, sino como una entidad social que atraviesa imaginarios rurales y urbanos; historia y memoria; migración y trabajo.
Marchamos para aprender a descomponer lo que hemos heredado, a nutrir lo que vendrá, y a permanecer en íntima proximidad con el suelo, con los demás, y con los animales y plantas que hacen nuestros mundos. Para devenirnos suelo.
Nuestra caminata entrelaza nuestros cuerpos con el lugar, no como un evento atlético, sino como una manera de reclamar nuestra conexión más fundamental con la tierra a otro paso.
La lentitud nos seduce a renovar la percepción. La tierra tiene su propio tempo—¿puedes sentirlo?
Al marchar, comenzamos a percibir las capas y texturas del suelo—gastadas por el tiempo, grabadas por máquinas y pisadas; moldeadas por el clima e impregnadas tanto de pérdida como de regreso. El paisaje rural es dinámico; un espacio relacional moldeado por el parentesco, la ausencia, la migración y el trabajo cotidiano de mantenerlo.
Caminar despierta la curiosidad: ¿Qué crece aquí? ¿Quién trabaja esta tierra? ¿Qué hubo antes y qué podría venir mañana?
Camina despacio. Escucha a las vacas. Observa a las plantas insistentes. Siente el cambio del viento. Huele el estiércol, los químicos rociados en los campos mezclados con aromas florales inesperados. Escucha el zumbido de máquinas lejanas. Esta es una forma de relacionarnos.
Estas historias andan—paso a paso, palabra por palabra—dentro de las vidas y paisajes que conforman este terruño.
Establecida en Beverly, MA, originaria de Ecuador, María Patricia Tinajero tiene un doctorado en Artes Visuales y Filosofía. Su obra explora el concepto de “devenirse suelo.”
Walking invites you to move through land not as an observer, but as a listener and learner // Marchar es una invitación a recorrer la tierra no como observadores, sino como oyentes y co-aprendices.”
Walking invites you to move through land not as an observer, but as a listener and learner. Our walk is relational, a way of being with others, a quiet act of refusal.
As we walk, we experience soil not merely as organic matter, but as a social entity traversing rural and urban imaginaries, history and memory, migration and labor.
We walk to learn how to decompose what we have inherited, to nourish what comes next, and to remain in intimate proximity to land, to each other, and to the animals and plants that make our worlds. To become soil.
Our walk entangles our bodies with place not as an athletic event, but as a way to reclaim our most fundamental connection to land at a different pace.
Slowness entices us to renew our perception. The land has its own tempo—can you feel it?
As we walk, we begin to sense the layered textures of the land—weathered by time, etched by machines and footsteps, shaped by climate, and imprinted with both loss and return. The rural landscape is dynamic; a relational space shaped by kinship, absence, migration, and the everyday labor of tending.
Walking awakens curiosity: What grows here? Who works this land? What was here before and what might come tomorrow?
Walk slowly. Listen for the cows. Notice the persistent plants. Feel the wind shift. Smell the manure, the chemicals sprayed on the fields mixed with unexpected floral scents. Hear the hum of distant machines. This is a way of making kin.
These stories walk—step by step, word by word, into the lives and landscapes that shape this terroir.
Based in Beverly, MA and originally from Ecuador, María Patricia Tinajero holds a Ph.D. in Visual Arts and Philosophy. Her work explores the concept of Becoming Soil.