Five|Cinco

John has worked for decades on his family’s dairy farm. His labor embodies rural life as a shaping force. For him, it is a quiet kind of becoming, formed through repetition, rhythm, and sound.

I am struck by the sounds and smells that make me either content or anxious. For the last 28 years, we’ve milked cows around the clock. Prior to that, we milked cows every day for 100 years [John's family has been milking cows since the 1920s]. I want to hear the milker pump running when I am around here. It means we are doing the milking.

When the power goes out due to a storm, the quietness is unnerving. I work feverishly to get the sound going again. One time before we had a standby generator, we were out of power for more than 12 hours. The silence of the pump mixed with cows in distress was scary. The resumption of the pump sound silenced the cow’s distress within 10 hours. I felt good again.

Along with the sound is the smell. For a while in my life, I wore a suit quite often. When I got home, I changed from the suit to my barn clothes. Walking into the barn amongst the cows, feeling the manure under my feet, I felt transformed. My anxiety drops and my feeling of belonging returns. It must be the feeling a mother has when she picks up her child. It used to bother me that I was so different than the normal person in urban America. I no longer care what others think. Life would have been so much easier if I could have figured out who I am 40-50 years earlier.

The comfort of a working pump and the sound of cows settling speak of home to John, but what else can we learn when the land falls silent?



I am struck by the sounds and smells that make me either content or anxious // Los sonidos y olores de la finca me afectan profundamente, me traen tranquilidad y ansiedad.”


John ha dedicado décadas de su vida al trabajo en la lechera de su familia. Esta tarea encarna la fuerza moldeadora de vida rural, profundizando la sensibilidad sensorial que fortalecen los vínculos con la tierra. Para él, su trabajo es un devenir silencioso, formado por la repetición de la labor; el ritmo del ganado en el ordeño; y los sonido de la granja.

Vivo y trabajo en una finca lechera construida por mi esposa y yo hace más de cincuenta años. Los sonidos y olores de la finca me afectan profundamente, me traen tranquilidad y ansiedad. Desde hace 28 años, ordeñamos vacas las 24 horas del día. Y antes de eso, lo hacíamos todos los días durante casi un siglo [su familia ordeña vacas desde la década de 1920]. Siempre quiero escuchar el zumbido de la bomba de ordeño en marcha. Ese ruido me dice que el trabajo se está haciendo.

Cuando se va la luz durante una tormenta y las máquinas se detienen, el silencio es inquietante. Nos afanamos para que el sonido vuelva. Una vez, antes de tener el generador de emergencia, estuvimos más de 12 horas sin electricidad. El silencio de la bomba, mezclado con los quejidos de angustia de las vacas, fue aterrador. Cuando volvió la electricidad, el zumbido de la bomba trajo la calma en menos de 10 horas. Volví a sentirme tranquilo.

Junto con el sonido viene el olor. Durante una etapa de mi vida, solía usar traje y corbata. Al llegar a casa, me cambiaba por mi ropa de trabajo usando botas de hule que suben hasta la rodilla. Entrar en el establo, caminar entre las vacas, sentir el estiércol bajo mis pies, me transformó. Mi ansiedad disminuye y puedo volver a sentirme de velat en el hogar. Debe ser similar a la sensación que tiene una madre cuando recoge a su hijo para llevarlo a casa.

Antes me molestaba ser distinto del estadounidense citadino típico. Ahora ya no me importa lo que piensan los demás. La vida habría sido más sencilla si hubiera descubierto quién soy hace 40 o 50 años.

Para John, el consuelo está en el zumbido constante de la bomba y en el murmullo de las vacas. Pero, ¿qué más nos dice el silencio cuando la tierra está callada?